La lección que no aprendí en el Colegio

junio 13, 2016

La gran lección de mi vida no la aprendí ni en el colegio, ni en mi pregrado, ni siquiera en mi maestría. Dios y la vida me dieron la mejor lección hace poco, cuando me fui a hacer un diplomado en  Gestión de Pymes en Israel, cuando apenas comenzaba la intifada (según los palestinos, su autodefensa de los israelíes). Volé de Bogotá a Nueva York, allí espere seis horas para tomar la conexión Nueva York – Tel Aviv. En un viaje directo de doce horas volé de Netwark al aeropuerto Ben Gurión en Tel Aviv. Durante todo este tiempo comí muy poco, tal vez por las ganas de llegar o porque de todas maneras me descompenso un poco viajando y pensaba que cuando llegara a mi destino comería. Ya en Tel Aviv, una persona debería estar esperándome en el aeropuerto pero no había tal persona, de quien tenía solo su celular, por lo que me dispuse a comprar una tarjeta para llamar por teléfono. Me acerque a una niña y le pregunte en ingles donde podía adquirir una tarjeta telefónica y solo me contesto Ebriu, diciéndome Hebrew (que sólo hablaba hebreo), empecé a reírme de mí mismo pensando: ¿Seria que me dijo que estoy ebrio? Me fui para otra oficina y allí si me indicaron donde podía comprar la famosa tarjeta y llamé a la persona que debía esperarme y cual sería mi sorpresa cuando me contestó No english….. Ebriu; en su medio ingles me contesto que estaba a dos horas del aeropuerto y como iba tan seguro de que todo estaba muy bien organizado por el Galillee College donde iba  a hacer el diplomado, me tocó pagar mi colegiatura y decirle al señor que lo esperaría.

Tomé asiento en el aeropuerto y me dispuse a sacar el arma que siempre cargo a mano, un libro, me sumergí en mi lectura y el tiempo pasó, a pesar de que los guardas de seguridad me empezaron a ver como sospechoso y varias veces me tocó explicarles lo mismo, que esperaba a una persona que debía estar aguardándome a mi llegada pero que estaba a dos horas del aeropuerto. No fueron dos horas, fueron un poco más de tres horas el tiempo de espera y durante este lapso no me provocó comer nada. La persona que estaba esperando para que me recogiera llegó acompañada de otra que entendía mejor el inglés y me propusieron que nos fuéramos con otras personas que acababan de llegar de Sudáfrica, para el lugar donde seriamos alojados. Pregunté a cuánto tiempo estábamos del lugar y me informaron que a dos horas aproximadamente, pues estaríamos en el Kibutz Mizra, localizado entre Haifa y Nazareth. Abordamos una camioneta y llegamos al Kibutz pasadas las once de la noche, lo primero que pregunté fue donde podía comprar algo para comer pues a esa hora, después de ese largo viaje, ya el organismo me estaba protestando por falta de alimento y cual sería mi desconcierto cuando me contestan, all closed (todo cerrado).

Me asignaron el cuarto que compartiría con un médico que llegaría de México al día siguiente y aquí empieza mi lección, llegué al cuarto casi a media noche, encontré sobre una neverita una canasta con frutas que devoré como si nunca hubiera comido y reflexioné sobre lo que Dios y la vida me estaban enseñando y aprendí que aunque tengas el dinero para comprar lo que quieras éste no es suficiente cuando no encuentras donde comprar lo que deseas, entendí a Ken Blanchard cuando dice: “uno tiene que ser alguien para ser un don nadie”. También entendí que somos muy frágiles y más cuando estamos lejos de nuestra tierra y de los nuestros, donde siempre estamos rodeados de amor aunque a veces no nos damos por enterados de todas las bendiciones que tenemos.

Pude sacarle mucho provecho a esta lección pues al día siguiente fui al supermercado y compré alimentos para tener en a nevera, pensando en mi compañero de cuarto que llegaría más o menos a la misma hora que yo y seguramente con la misma hambre o por lo menos parecida a la que yo traía y así ocurrió: mi compañero llegó a media noche con hambre y le dije que podía comer lo que quisiera de la nevera, que yo lo había comprado pensando en él y le conté lo qué me había sucedido el día anterior y a partir de allí se forjó una linda amistad que conservamos comunicándonos periódicamente.

Con esta lección aprendida en un país lejano y con esta fábrica de recuerdos agradables y perdurables, invito a mis queridos lectores a pensar en la poca importancia que puede tener el dinero en un momento dado y evaluar sí estamos sacrificando asuntos más importantes como una familia, unos amigos y a nosotros mismos, por dejarnos atraer del dios dinero.

Eudoro Román Lemos.

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